
Oscar Wilde es quizás el caso más representativo de cómo se perseguió a la homosexualidad y a la expresión de creatividad en el siglo XIX. Este polémico escritor irlandés nacido en Dublín en 1854, desarrollo un llamativo talento y forma de vida que escandalizaron los cimientos de la sociedad conservadora victoriana de su tiempo. Ampliamente conocido por sus trabajos como dramaturgo, cuentista, poeta, ensayista y novelista, Wilde sufrió la pena carcelaria por delinquir en lo que se conocía en su época como “sodomía” (un conjunto de actos sexuales que se consideraban fuera de la norma, el más importante de los cuales era la penetración anal homosexual). Recuerdo que mi primer contacto con sus escritos fue durante la escuela primaria, cuando un maestro (el cual tiempo después me entere que era gay) solía leernos el cuento The Happy Prince, traducido al español.
Me atrevo a decir que todos dentro de la comunidad LGBT sabemos más o menos lo que es vivir en carne propia la discriminación. Creo que por más avanzada que sea la sociedad en la que hayamos crecido, aunque sea en ciertas ciudades de Europa, Estados Unidos o Canadá, aún quedan rasgos de homofobia y heterosexismo inmiscuidos sutilmente. Ahora bien, imaginemos una sociedad en la cual no había ocurrido siquiera la liberación sexual de las décadas de 1960 y 1970, donde no existía abiertamente un movimiento gay ni nada que se le pareciera, donde en muchos casos delinquir como homosexual era castigado con cárcel o maltratos, donde ser homosexual era considerado por la “ciencia” de ese tiempo como enfermedad psicológica. Dicha sociedad fue presisamente en la cual creció y vivió Wilde, y muchos casos más de los cuales pueden encargarse los historiadores. Definitivamente, si la homofobia actual pudiese expresarse en números, la homofobia victoriana sería, por decir algo, algo así como la actual elevada al cuadrado y multiplicada por dos.
Muchos podrían pensar que la represión sexual que llevó a Oscar Wilde tras las rejas se expresaba en términos de poner al sexo bajo el candado del tabú; algo de lo que no se podía hablar, de lo que nadie podía opinar, de lo que nadie quería encargarse. No fue así. El renombrado historiador y filósofo francés, Michael Foucault, nos enseñó que la represión sexual que se desarrolló en la época capitalista (despues de la ascención de la burguesía a los sistemas de poder), consistió en tratar de hacer hablar a todos de sexo y a investigar el sexo en cada rincón posible. Médicos y psiquiatras se encargaron de sacar las verdades sexuales a sus pacientes, sacerdotes y ministros confesaban y obligaban a hablar a sus feligreses sobre sus pecados venéreos, maestros y directores de escuelas desarrollaron sistemas para castigar a estudianetes por conductas consideradas inapropiadas; y como lo vivió Wilde, juristas y jueces desarrollaron leyes nuevas y trataron casos penales para castigar a los homosexuales.
Por otro lado, aunado a toda esta persecuación sexual, Oscar Wilde sufrió también la caza de su creatividad y su alternativo y excéntrico modo de vida. A partir de su esteticismo lleno de plumas, flores de girasol, y porcelanas, y de su excéntrico modo de vestir con cabello largo y holgadas vestiduras; se crearon una serie de burlas y ataques frontales que incluso llegaron a ataques físicos y violación de su propiedad privada. Todo su sufrimiento llegó a la cúspide cuando en 1895 lo condenaron a dos años de cárcel y trabajos forzosos en Londres, como se mencionó antes, por actos homosexuales.
Por todo esto, rescato una vez más la figura de Oscar Wilde como ejemplo de una vida agitada por el poder represor de su tiempo y como ícono homosexual. Y aunque su nombre y sus circuntancias nos parezcan más o menos lejanos, su nombre y su figura han grabado con firmeza la historia de la resistencia y la lucha.
¿Qué tiene que ver todo esto con nosotros, ciudadanos del siglo XXI? Pues esto es un recordatorio más de los orígenes de esta lucha que se llama igualdad, respeto a la diversidad y a la libertad personal. No nos podemos cansar de repetir que, cada vez que sintamos discriminación, cada vez que tengamos que tragarnos nuestras palabras y nuestra creatividad, y cada vez que se nos diferencie injustamente por nuestra inclinación de acostarnos con personas del mismo sexo o por nuestra personalidad no convencional, es momento de seguir en combate.
Creo que una de las mejores maneras de resistir ante la represión y el control social injusto es crear, es vivir con arte. Cuando enriquecemos la cultura en la que vivimos con nuestras opiniones, con nuestros argumentos, con nuestra palabra escrita, con nuestro modo de vida auténtico (sea cual sea), estamos luchando, estamos venciendo. Y para concluir este artículo, rescato precisamente estas palabras de alguien a su llegada a Nueva York, alguien que muchas veces debió huir de la persecución, pero que siempre llevó consigo algo clave para luchar:
“I have nothing to declare but my genius”
(“No tengo nada que declarar excepto mi genio”)
Oscar Wilde.